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Guantes ocres.

Usar un guante como separador de libros no es tan extraño, o al menos eso pienso yo. Donde quiera que voy allá que va conmigo mi libro y con él mi guante ocre.
Tal vez sería más extraño si cuento la historia que guarda ese guante.
Esperando el tren un día lluvioso, en esa estación que se cae a trozos intentando leer entre gota y gota que empapa este libro pasa ese chico unas doce o trece veces delante de mí, nervioso. Sí, los guantes tal vez sean suyos. Me desvío y me anticipo.
Esperando el tren, mientras la lluvia cae en mis mejillas no hago más que ver esos zapatos marrones revolotear impacientes "supongo que esperará a esa chica, siempre guapa, alta y bien vestida". Vuelvo a mi libro, si me dejan esos pies impacientes. Llega el tren y con él de nuevo esos pies inquietos van de un lado a otro de la estación esperando a que las puertas se abran. Ese momento llegó. Mientras recojo el libro y demás cosas que tengo por ahí sueltas, él, el chico de los zapatos marrones echa a correr hacia la primera puerta abierta. Al alzar la vista lo único que veo es caer un guante ocre en la hoja de mi libro aún abierto y antes de que pueda abrir la boca ha desaparecido sin poder ver siquiera su rostro.

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