Llega el día, lo tienes todo preparado. La maleta llena de ropa, fotos y demás recuerdos. Está a reventar y entonces es cuando te das la espalda y en ese huequecito que queda entre las fotos y un par de pijamas aparecen tus miedos. ¿Dónde ibas sin ellos? Eres fuerte, llevas tu mano al pecho y buscas al pequeño botón, ese que no puede faltar vayas donde vayas. Aprietas y aprietas y sin saber muy bien como todos tus miedos van saliendo lentamente de la maleta uno a uno. Primero se marcha el miedo a fracasar, a tener que volver a casa sin cumplir tu meta, lo miras a los ojos y se esfuma como el viento. Seguido de este va saliendo el miedo que tienes a estar sola, a estar a oscuras, a perderlo todo de nuevo. Este último todos esos temores atrapados en uno sólo es más complicado de borrar, de olvidar, de... Cuando menos lo esperas estás pensando en los buenos momentos que has pasado últimamente, de todo lo que has aprendido cuando era la oscuridad la que reinaba en tu vida, de todo lo que perdiste sí, pero de todo lo que has ganado. No es como se empiece, si no como se acabe.El último miedo, quizás el peor, el más pesado de todo, empezar de nuevo sin ti. ¿Alguien me puede decir si este miedo desaparece? ¿Si ese miedo tiene cura? ¿Si todas las lágrimas que derramas llegan al mar? ¿Creía alguien que se enamoraría de esa persona? Pues no, ese miedo va contigo, se acomoda en tu maleta y deja hueco por si alguno de los anteriores se arrepiente de su decisión. El poder del botón rojo no hace milagros, no hace que tú desaparezcas.
Como filosofía de vida tengo la frase "coqueta a ratos, croqueta siempre". Vivo atada a un recuerdo que cosí a un pequeño botón rojo. Escribo cosas sin sentido, sin motivo y sin razón. O tal vez no.