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Siempre juntos

Te fuiste ayer, tarde fría para ser verano. Yo me quedé terminando el puzzle de nuestras vidas. Sigo atascada con estas dos fichas, me esfuerzo en buscar la combinación, intentar que encajen. Un café, dos cervezas y muchas almendras después, las piezas siguen en la misma posición. Cada una a un lado de la mesa. Yo no elegí ser tan cabezona, con tan poco sentido del humor. Detesto el humo de tu cigarro, pero curiosamente, ahora lo echo de menos al leer en ese sofá. Echo de menos tus manos dibujando en mi espalda desnuda. Vuelvo con el puzzle sin solución, llevo meses con él sin resultado ninguno. Miro la caja, regalo tuyo, y ahora lo entiendo todo: Dificultad alta, sólo para expertos. A veces se me olvidaba cual era tu camisa preferida, pero jamás se me olvidará aquella mañana de primavera en la que me quedé dormida. Cogí el primer vestido que vi, rebusqué entre todos mis zapatos, colonia y subí a ese tren. Con un periódico más alto que yo, prácticamente, llamé la atención de ...

Cómo me miran esos ojos marrones

Él no lo sabe, pero escribo mientras mira sus apuntes distraído. Me gusta mirarle a escondidas, sonreír y suspirar de felicidad. Todo cambió cuando él llegó; mis medias sonrisas, mis días largos y fríos... Cada mañana despierto con la única intención de volver a tenerle a mi lado. Dormirme de nuevo en su pecho mientras me hace cosquillas en la cabeza y me dice: "te estás quedando dormidita, eh". Pasan los días, las semanas y los meses pasamos un invierno, una primavera y entró el verano, eso sí, hay una cosa que no cambia, como me miran esos ojos marrones. Sigue concentrado en sus hojas repletas de números mientras yo escribo. Hacía mucho que no sentía ese hormigueo en el estómago, que no se me ponía la piel de gallina con una mirada, que no ansiaba despertar cada mañana. Nadie me dijo que existiesen esas espaldas, ni esos brazos, ni esos ojos, ni esas manos con las que acaricia mis piernas mientras dice: "¿por qué eres tan perfecta?" Así que para él, p...

Nota: nunca nada es lo que parece.

Sentada en esa cafetería, la tablet sobre la mesa, periódico en mano. Ese olor mezclado con el del café con leche, ese tacto del papel reciclado. Cuatro azucarillos, aún no es suficiente. El café está caliente, como el contenido de esta mañana en la sección de política. Mientras lo sostienes miras por la ventana, el chico del jersey de rayas otra vez. Como cada día repites la rutina, algún día entrará y estarás perfecta, como cada mañana. Camisa de lunares azul, lápiz de ojos, también azul. Misma mesa de todos los días. Cuando ves como cruza el paso de peatones, das el primer sorbo de café y desvías la mirada a la tablet. Correo, correo, más correo y quizás algún post en la red social del momento. Segundo sorbo con el tercer correo, sin despegar la mirada. Apuras el café, recoges tus cosas y te acercas a la barra a pagarlo. Esta vez hay sorpresa, una nota: "¿mañana habrá una silla libre en tu mesa?"

Diferente o raro

Echo de menos la soledad de mis días más grises, mi cama vacía y mis canciones tristes. Mi media sonrisa, mis relatos llenos de lágrimas, pero la casualidad te acompañó a conocerme. Todo cambió.

Me enamoré.

No es noticia, el verano ha llegado y todo se tiñe de colores alegres como el amarillo, el naranja, el verde y, por ejemplo, el azul. Alegrías para unos, libertad para otros pero... ¿Dónde quedaron mis noches en vela, con mi pijama más suave, mirando desde la ventana un cielo lleno de estrellas? Y así fue, pasaron las noches de película y manta, acurrucada junto a él. Pasaron las palomitas y los cafés calientes, sentada encima suyo. Pasó el jersey de lana con una manga tres metros más larga de lo normal, con el que abrazarle. Me enamoré del invierno. De él, del mes de enero y de todos los días de invierno...

Lluvia

Todo era perfecto, salvo aquel día de lluvia en aquella oscura ciudad. Todo era maravilloso, hasta que él pronunció las palabras prohibidas. ¿Era demasiado pronto?

Alguien cómo tú

Esa noche, él estaba intranquilo, sentado en su cama con la mirada perdida. Dando vueltas de un lado hacia otro. Mirando una y otra vez el teléfono, sin saber cómo empezar esa conversación. Sin saber cómo decirle que con tan sólo un par de horas, había encontrado a la chica perfecta. Esa noche, ella estaba en casa, sin saber lo que un par de horas más tarde podía pasar. Él decidió que merecía la pena intentarlo. Ella llevaba soñando con su príncipe azul toda la vida, lo tenía asumido, era demasiado exigente y perfeccionista consigo misma. Jamás lo conseguiría, y llegó ese mensaje. Asustada y a la vez sonrojada, no dejaba de mirar el teléfono. Suspiros de fresa. ¿Dudas? Muchas. ¿Miedo? Más aún. Pasó un mes, y ella seguía teniendo por igual proporción miedo y dudas. Él no desistió, merecía la pena intentarlo, se repetía una y otra vez, lo conseguiré. Pero una noche, sin conocerlo apenas, se perdió en esos intensos ojos marrones y aún no ha sido capaz de escapar de ellos. Ahora c...