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Sapos y culebras.

Otro duro día de trabajo termina.
Vuelves a casa, te quitas esos zapatos tan confortables y te sientas en esa silla no tan cómoda como parece. Otra noche más, sueltas la varita mágica encima de la mesa.
Este trabajo parece más fácil de lo que realmente es. Tantas noches dibujando sonrisas en rostros que ni siquiera sabían lo que era. Tantas sonrisas que jamás serán dibujadas en tu rostro, Hada Madrina.
Pero, la pregunta de todas las noches llega al mirar aquel espejo mágico.¿Dónde está mi media manzana? ¿Dónde está mi compañero de aventuras?
Todas las mañanas despierto con deseos de pequeñas princesas a las que ayudo a encontrar a ese príncipe despistado, a lucir sus mejores galas y al fin y al cabo a que "vivan felices y coman perdices". Mientras tú, cenas un sandwich de pavo. Bajo en grasas, dicen.
Como todas las mañanas al trabajo, volando. ¿Dónde me depararán los polvos mágicos esta vez? ¿A qué cuento encantado deberé acudir? ¿Quién será esta vez la princesa en apuros?
Y como si de un sueño se tratase, veo mi casa a lo lejos. He dado una vuelta al vecindario y mi alerta dice que debo entrar ¿en mi casa? ¿Estaremos tontos? Miro por la ventana y me veo a mí, tumbada en mi cama. Emulando totalmente a la bella Aurora en su más profundo sueño ¿qué clase de broma es esta?
Entro, subo volando las escaleras y no hay más dudas. SOY YO. En mis manos, una nota.
"Querida Hada Madrina,
necesito tu ayuda. Ya no me quedan fuerzas, ya no puedo más. 
Espero despertar al lado de ese príncipe azul, luciendo el mejor vestido de mi armario como lo hacen todas las chicas a las que ayudas. 
Atentamente, tú misma."

Y sin saber cómo arreglar este entuerto caigo exhausta en la cama, mi cama, evaluando los pros y los contras de ir por la vida dibujando sonrisas que ni yo misma consigo tener.

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